Como decíamos en la introducción, la depresión es una enfermedad que afecta a casi una quinta parte de la población mundial, tiende a la cronicidad, genera una importante discapacidad, empeora el pronóstico de otras enfermedades y está relacionada con un número significativo de suicidios. Por todos estos motivos, es muy importante realizar un correcto diagnóstico de la depresión y ofrecer tratamientos eficaces.

Hoy en día, disponemos de dos grupos de tratamientos posibles:

·         Tratamientos psicoterapéuticos

·         Tratamientos psicofarmacológicos

La adecuación de cada uno de estos tratamientos va a depender de:

  1. la indicación del tratamiento para el tipo y gravedad de la depresión

  2. la disponibilidad de los tratamientos

  3. la preferencia del paciente (una vez haya sido adecuadamente informado)

El orden en el que se han enumerado estos tres últimos factores no es arbitrario. En primer lugar, es necesario hacer una valoración de los síntomas del paciente y del tipo de depresión, así como de la gravedad. Las depresiones leves pueden ser tratadas con psicoterapia, mientras que las depresiones más graves es preferible tratarlas con medicación o con un tratamiento combinado (psicoterapia y medicación). Los tratamientos biológicos, que más adelante explicaremos en qué consisten, se restringen para casos más concretos.

Una vez que se haya realizado el diagnóstico de la depresión y se haya evaluado la gravedad de la misma, hay que tener en cuenta la disponibilidad de los tratamientos. Por ejemplo, en algunas zonas remotas o en países en vías de desarrollo puede que no haya determinados fármacos o no haya psicoterapeutas correctamente formados para aplicar tratamientos psicoterapéuticos. 

Por último, aunque quizás lo más importante, hay que tener en cuenta la preferencia del paciente. El paciente es quien sufre los síntomas y quien tiene que a cumplir con el tratamiento o los tratamientos. Para ello, el profesional tiene el deber de informar al paciente de los tratamientos posibles, de sus beneficios y riesgos potenciales, de la duración, del tiempo hasta la recuperación, del coste, del esfuerzo personal, de sus efectos secundarios y de la eficacia de los mismos. Con toda esta información en sus manos y con la ayuda de su entorno más cercano, el paciente podrá elegir entre los distintos tratamientos disponibles e indicados. Veamos en qué consisten los distintos tipos de tratamientos.

 

Tratamientos psicoterapéuticos

Los tratamientos psicoterapéuticos están indicados en las depresiones leves y moderadas, en las que el profesional ha informado correctamente al paciente de las opciones terapéuticas y este ha optado por una psicoterapia. En las depresiones graves (la gravedad la debe evaluar un especialista) puede estar indicada la psicoterapia, pero acompañada de un tratamiento psicofarmacológico. 

El tratamiento psicoterapéutico implica un esfuerzo personal y emocional por parte del paciente, ya que la frecuencia óptima de sesiones es semanal o bisemanal. Es necesario dedicar un tiempo para las sesiones, para el desplazamiento y entre sesiones para afianzar lo que se ha trabajado durante las entrevistas. Dado que se va a estar individualmente con un profesional una hora semanal, es importante considerar que se trata de un tratamiento exclusivo por el que también es necesario un esfuerzo económico. Sin embargo, el crecimiento personal que se puede lograr en una psicoterapia puede ser muy gratificante y es una forma magnífica de invertir nuestros ahorros en salud y bienestar.

La duración del tratamiento psicoterapéutico para una depresión suele ser de unos seis a doce meses con sesiones semanales, aunque es muy complicado prever de antemano la duración total del tratamiento. Por ello, es muy importante establecer unos objetivos en el tratamiento para que tanto el profesional como el paciente sepan en qué dirección debe ir la terapia y cuál es el final del camino. Cuando el paciente ha sufrido varios episodios depresivos o tiene otros problemas adicionales, es posible que la duración del tratamiento se prolongue hasta que se puedan cumplir los objetivos planteados.

La duración del efecto del tratamiento suele ser similar en los dos tipos de tratamiento (psicoterapéutico y psicofarmacológico) siempre y cuando se completen en su totalidad (es decir, si se siguen las recomendaciones del profesional), aunque hay autores que consideran que el cambio que induce la psicoterapia puede ser más duradero.

 

Tratamientos psicofarmacológicos

El primer fármaco antidepresivo se descubrió por casualidad en los años 50 al administrar Iproniazida a pacientes con tuberculosis, y se pudo observar una mejoría mantenida del estado de ánimo en los pacientes que, además, estaban deprimidos. Aunque ese fármaco fue posteriormente retirado del mercado por riesgo de daño hepático, le han seguido otros muchos fármacos a lo largo de todos estos años. A lo largo de los años 70, se sintetizaron nuevos compuestos, que se comercializaron en la siguiente década como inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). Estos fármacos siguen utilizándose hoy en día debido a su eficacia, seguridad, tolerabilidad y escasez de interacciones medicamentosas. Las personas que toman estos antidepresivos, y otros más modernos, pueden llevar una vida normal y plena una vez se recuperen de la depresión.

A pesar de los avances y de los nuevos antidepresivos que se han ido comercializando a lo largo de los años, todos los antidepresivos disponibles tienen una eficacia global similar cuando se estudian en grandes poblaciones. Los avances se han producido sobre todo en los efectos adversos que estos fármacos pueden potencialmente producir. Los efectos adversos han disminuido considerablemente y no producen ningún efecto secundario grave. Esto no significa, ni mucho menos, que todos los fármacos sean iguales. Cada fármaco antidepresivo tiene un mecanismo de acción diferente, unos efectos secundarios concretos, unas interacciones con otros fármacos distintas y pueden ser más o menos adecuados para unos síntomas concretos. La ventaja de estas diferencias es que cada depresión o, mejor dicho, cada persona deprimida va a poder tener un tratamiento individualizado en función de los síntomas predominantes, la edad, la preferencia del paciente y las demás enfermedades que puedan presentar. La prescripción del fármaco adecuado se convierte en un arte.

Los episodios depresivos "mal curados" pueden conllevar un mayor riesgo de recaídas en los años siguientes y en el resto de la vida del paciente, además del malestar y la discapacidad que produce el propio episodio. También sabemos que cuanto más tiempo esté una depresión sin tratamiento y más tiempo dure, mayores son las posibilidades de volver a tener una depresión en el futuro. 

Por tanto, si los fármacos actuales son tan seguros y la depresión tratada tarde o de forma insuficiente aumenta el riesgo de otro episodio depresivo en un futuro, ¿por qué no tratar la depresión desde el principio por un especialista?


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