Consecuencias psicológicas de la guerra

La guerra no solo deja muertes y destruye ciudades, hogares o infraestructuras. También deja supervivientes con graves consecuencias psicológicas. Las experiencias de guerra pueden alterar profundamente la forma en que una persona se siente segura, recuerda, duerme, se relaciona y entiende su propia vida.

Vivir una guerra es mucho más que estar expuesto a un acontecimiento traumático aislado. En muchos casos supone convivir durante semanas, meses o años bajo una continua incertidumbre. A diario uno vive en un entorno violento, hostil, con amenazas a su integridad física, afrontando pérdidas de personas significativas, desplazado de su ciudad o alejado de su familia.

Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente una de cada cinco personas que ha vivido una guerra o un conflicto en los diez años previos presenta algún trastorno mental, como depresión, ansiedad, o trastorno por estrés postraumático. Aun así, es importante matizar algo: la mayoría de las personas afectadas por una guerra experimentan inicialmente sufrimiento psicológico, pero no necesariamente un trastorno mental.

El sufrimiento psicológico asociado a la guerra no provoca necesariamente un trastorno mental a todas las personas que atraviesan una guerra. Sin embargo, cuando el individuo no consigue recuperar una sensación mínima de seguridad, el trauma puede cronificarse y afectar al cuerpo, la identidad, los vínculos y el proyecto vital.

 
Consecuencias psicológicas de la guerra
 

Qué ocurre psicológicamente cuando una persona vive una guerra

Ante una amenaza grave, el organismo activa respuestas de supervivencia. La persona puede experimentar hipervigilancia, tensión muscular, aumento de la alerta, insomnio, sobresaltos, irritabilidad o necesidad constante de controlar el entorno.

Durante un tiempo, estas respuestas pueden ser adaptativas. Ayudan a detectar peligros, reaccionar con rapidez y sobrevivir en contextos extremos. El problema aparece cuando la persona ya no puede regresar a un estado de calma, incluso aunque haya salido físicamente del peligro.

En la guerra, el cerebro aprende que el mundo puede ser imprevisible y peligroso. Por eso, algunas personas siguen reaccionando como si la amenaza continuara presente: duermen mal, se sobresaltan con ruidos, evitan noticias, se desconectan emocionalmente o sienten que no pueden relajarse sin ponerse en peligro.

No existe un límite exacto de tiempo a partir del cual el cerebro “deja de soportar” la guerra. El daño psicológico depende de la duración de la exposición, pero también de su intensidad, de la imprevisibilidad, de la pérdida de vínculos, del aislamiento, de la edad, de la historia previa de cada persona y de la posibilidad posterior de encontrar seguridad, apoyo y reparación.

La exposición prolongada a amenazas extremas se asocia con cambios en los sistemas biológicos de respuesta al estrés y en circuitos implicados en la memoria, la regulación emocional, la atención, el sueño y la percepción de seguridad. Dicho de forma sencilla: cuando el cuerpo se prepara para la supervivencia, puede no ser capaz de descansar.

Principales consecuencias psicológicas de la guerra

Consecuencia psicológica Síntomas frecuentes Qué conviene valorar
Trastorno de estrés postraumático Pesadillas, flashbacks, evitación, hipervigilancia, sobresaltos e insomnio. Duración, intensidad, deterioro funcional, riesgo suicida y exposición traumática previa.
Trauma complejo Desregulación emocional, disociación, vergüenza, autoconcepto negativo y problemas de vínculo. Traumas repetidos, edad de exposición, apoyo social, consumo de sustancias y estabilidad actual.
Daño moral Culpa, vergüenza, pérdida de sentido, autoacusación y dificultad para perdonarse. Actos presenciados, realizados o no impedidos que contradicen los valores de la persona.
Culpa del superviviente Autocastigo, incapacidad para disfrutar, hiperresponsabilidad, aislamiento e insomnio. Pérdidas, separación familiar, duelo ambiguo y creencias de responsabilidad excesiva.
Trauma familiar o transgeneracional Silencio emocional, miedo crónico, hipervigilancia familiar y síntomas en los hijos. Dinámica familiar, apego, comunicación, seguridad y apoyos comunitarios.

Trastorno de estrés postraumático y trauma de guerra

Una de las consecuencias psicológicas más conocidas de la guerra es el trastorno de estrés postraumático, también llamado TEPT.

El TEPT puede aparecer después de vivir, presenciar o verse expuesto a acontecimientos en los que existe amenaza de muerte, lesiones graves o violencia extrema. En contextos de guerra puede afectar a soldados, población civil, sanitarios, periodistas, niños, personas refugiadas y familiares de quienes permanecen en zonas de combate.

Entre sus síntomas más frecuentes se encuentran:

  • recuerdos intrusivos del trauma.

  • pesadillas.

  • flashbacks.

  • evitación de lugares, conversaciones, imágenes o noticias relacionadas con lo vivido.

  • hipervigilancia.

  • sobresaltos exagerados.

  • irritabilidad.

  • dificultades de concentración.

  • insomnio.

  • sensación persistente de amenaza.

  • embotamiento emocional.

La magnitud de las experiencias traumáticas vividas durante una guerra puede exceder la capacidad de comprensión de quienes no han pasado por ella. A menudo se acumulan bombardeos, pérdidas, desplazamientos, exposición a cadáveres, separación de seres queridos, violencia sexual, hambre, miedo y destrucción de la vida cotidiana. Por eso, en muchas personas el cuadro clínico puede ir más allá del TEPT clásico.

Exposición traumática prolongada y Trauma complejo

Cuando la exposición traumática es repetida, prolongada y ocurre en un contexto del que la persona no puede escapar fácilmente, puede aparecer lo que conocemos como trauma complejo. En estos casos, no es solo que exista un recuerdo traumático y doloroso, sino que la persona puede empezar a percibir, sentir y relacionarse como si la amenaza siguiera presente. Esto afecta a la regulación emocional, la identidad, la confianza en los demás y la capacidad de sentirse segura.

En el trauma complejo no aparecen solo síntomas de reexperimentación, evitación e hipervigilancia, como en el estrés postraumático. El trauma complejo también puede manifestarse como:

  • explosiones de ira.

  • bloqueo emocional.

  • sensación de vivir “en automático”.

  • despersonalización o desconexión del propio cuerpo.

  • dificultad para confiar.

  • vergüenza persistente.

  • problemas para mantener relaciones seguras.

  • impulsividad.

  • consumo de alcohol u otras sustancias.

  • conductas autodestructivas.

  • sensación de no poder disfrutar aunque el peligro haya pasado.

Al finalizar una guerra, el cuerpo de los supervivientes puede llegar físicamente a un lugar seguro, pero el sistema nervioso permanecer todavía en la guerra.

Daño moral: culpa, vergüenza y pérdida de sentido

En los últimos años se habla cada vez más del concepto de daño moral, o moral injury. Es especialmente relevante en combatientes, sanitarios, periodistas, supervivientes y personas que han tenido que tomar decisiones imposibles en contextos extremos.

El daño moral no es un diagnóstico psiquiátrico formal como el TEPT, sino un concepto clínico útil para describir el sufrimiento que aparece cuando una persona siente que ha transgredido, presenciado o no impedido algo contrario a sus valores. También puede aparecer cuando la persona siente que fue traicionada por quienes debían protegerla: mandos, instituciones, grupos de pertenencia, gobiernos o personas en quienes confiaba.

A diferencia del TEPT, cuyo núcleo suele estar más relacionado con el miedo y la amenaza, en el daño moral predominan la culpa, la vergüenza, la pérdida de sentido, la autoacusación y la fractura de la identidad.

La persona con daño moral puede preguntarse:
- “¿Por qué sobreviví yo?”
- “¿Podría haber hecho algo más?”
- “¿Sigo siendo una buena persona?”
- “¿Merezco estar vivo?”
- “¿Cómo puedo vivir con lo que hice, vi o no pude impedir?”

El daño moral puede coexistir con TEPT, depresión, consumo de sustancias o ideación suicida. Por eso no basta con reducir síntomas de ansiedad o insomnio. Muchas veces el tratamiento necesita trabajar también la culpa, la vergüenza, el perdón, la responsabilidad real, la reparación posible y la reconstrucción de un sentido de vida.

Culpa del superviviente

La culpa del superviviente es una forma especialmente dolorosa de sufrimiento traumático. Puede aparecer en soldados que sobreviven mientras compañeros mueren, en refugiados que logran escapar dejando atrás a familiares, en viudas, huérfanos, sanitarios o supervivientes de bombardeos.

La persona no solo sufre por lo vivido. También puede sentirse culpable por estar a salvo, por comer, por dormir, por reír, por rehacer su vida o por experimentar alivio.

Clínicamente puede expresarse como:

  • autoaislamiento.

  • incapacidad para disfrutar.

  • rechazo de ayuda.

  • hiperresponsabilidad.

  • insomnio.

  • ansiedad.

  • síntomas depresivos.

  • irritabilidad.

  • autocastigo.

  • dificultad para imaginar un futuro.

En personas refugiadas, la culpa del superviviente puede unirse al duelo ambiguo: no saber si un familiar está vivo, si se volverá a casa, si el hogar sigue existiendo o si alguna vez será posible cerrar este capítulo.

Consecuencias psicológicas de la guerra en niños y adolescentes

Los niños y adolescentes son especialmente vulnerables al impacto psicológico de la guerra. Su sistema nervioso, su identidad y sus vínculos están todavía en desarrollo. Necesitan seguridad, continuidad, figuras protectoras y entornos previsibles, algo imposible de mantener durante una guerra.

En menores, las consecuencias psicológicas de la guerra pueden incluir:

  • pesadillas.

  • ansiedad de separación.

  • regresiones evolutivas.

  • irritabilidad.

  • problemas de conducta.

  • dificultades escolares.

  • problemas de atención.

  • síntomas físicos sin causa médica clara.

  • miedo persistente.

  • retraimiento.

  • juego repetitivo con contenido traumático.

  • tristeza.

  • insomnio.

  • hipervigilancia.

Los niños no siempre expresan el trauma con palabras. A veces lo muestran mediante el cuerpo, la conducta, el sueño, el juego, la alimentación o el rendimiento escolar.

En niños y adolescentes, algunas reacciones después de una guerra pueden ser esperables y transitorias. Se debe prestar especial atención cuando son intensas, persistentes, interfieren con el desarrollo, el sueño, la relación con los cuidadores o la escolarización, o cuando aparecen regresiones importantes, bloqueo emocional, conductas autolesivas o síntomas disociativos.

La separación de los padres, la muerte de familiares, la exposición a violencia, el desplazamiento forzado, la destrucción de la escuela y la incertidumbre sostenida en el tiempo pueden tener profundas consecuencias sobre el desarrollo emocional.

Cómo afecta la guerra a las familias

El trauma de guerra rara vez afecta solo a una persona. También invade los vínculos familiares y sociales.

Cuando un soldado vuelve a casa con síntomas postraumáticos, cuando una madre refugiada vive en culpa permanente, cuando un padre no puede hablar de lo ocurrido o cuando toda una familia organiza su vida alrededor del miedo, la guerra continúa dentro del hogar.

Pueden aparecer dinámicas como:

  • silencio emocional.

  • irritabilidad.

  • evitación de conversaciones.

  • miedo a “activar” al familiar traumatizado.

  • parejas convertidas en cuidadoras permanentes.

  • hijos que aprenden a no molestar.

  • familias que viven alrededor de la hipervigilancia.

  • agotamiento emocional.

  • trauma vicario.

Los familiares también pueden desarrollar ansiedad, depresión, síntomas postraumáticos o una sensación permanente de inseguridad.

En algunos hogares, los hijos no heredan el relato explícito de la guerra, sino el clima emocional de la guerra: miedo, tensión, silencios, desconfianza, desconexión afectiva o explosiones de rabia que no comprenden.

Trauma transgeneracional: cuando la guerra continúa en la siguiente generación

El trauma de guerra puede transmitirse a la siguiente generación. Esta transmisión de generación a generación no es mediante una herencia biológica directa, ni tampoco mediante un relato verbal explícito, sino a través de formas de relación, silencios, miedos, duelos no elaborados y patrones de apego.

Un niño puede crecer sintiendo que el mundo es peligroso sin saber exactamente por qué. Puede aprender que las emociones no se hablan, que hay una amenaza continúa de pérdida o que relajarse no es seguro.

Esto puede traducirse en ansiedad, hipervigilancia, dificultades de regulación emocional, problemas de sueño, somatizaciones, retraimiento o dificultades para confiar.

A veces el niño no hereda el recuerdo de la guerra porque apenas se habla de ella, pero sí se siente en un hogar organizado alrededor del miedo.

Afortunadamente, el trauma no es el único legado posible. La reparación también puede transmitirse. La presencia de vínculos seguros, narrativas coherentes, comunidades protectoras, acceso a educación, apoyo psicológico y espacios de elaboración emocional puede reducir el impacto transgeneracional del trauma.

Factores que pueden proteger frente al trauma de guerra

La guerra aumenta el riesgo de sufrimiento psicológico, pero no todas las personas expuestas desarrollan un trastorno mental. Existen factores que pueden proteger, amortiguar el impacto o facilitar la recuperación. Entre ellos se encuentran:

  • seguridad física.

  • reunificación familiar.

  • apoyo social.

  • continuidad escolar en niños y adolescentes.

  • estabilidad residencial.

  • acceso a atención sanitaria.

  • acompañamiento psicológico cuando es necesario.

  • comunidades protectoras.

  • posibilidad de elaborar lo vivido.

  • adultos emocionalmente disponibles.

  • recuperación de rutinas.

  • participación en actividades comunitarias de reconstrucción tras la guerra.

  • reconocimiento social del sufrimiento sin estigmatización.

La protección no consiste solo en alejar a la persona del peligro físico. También implica ayudarle a recuperar una experiencia interna de seguridad.

Qué ayuda a reparar el trauma de guerra

La recuperación no consiste en olvidar. Consiste en que la persona pueda recordar sin quedar atrapada permanentemente en el horror.

En los traumas de guerra, la intervención debe ser prudente, escalonada y adaptada al contexto. En las fases iniciales no siempre es adecuado forzar el relato detallado de lo sucedido. Lo prioritario suele ser recuperar la seguridad básica: vivienda, estabilidad, sueño, alimentación, apoyo social y regularización administrativa. Las intervenciones centradas en procesar el trauma deben indicarse cuando la persona está preparada y por profesionales formados.

Algunas líneas de ayuda pueden incluir:

  • psicoeducación sobre trauma.

  • apoyo familiar y comunitario.

  • tratamiento del insomnio, la ansiedad o la depresión.

  • psicoterapia centrada en trauma.

  • terapia cognitivo-conductual focalizada en trauma.

  • EMDR en casos indicados.

  • abordajes narrativos.

  • trabajo con culpa, vergüenza y daño moral.

  • intervención con menores y cuidadores.

  • atención al consumo de sustancias o al riesgo suicida.

En trauma complejo, duelo traumático o daño moral, las terapias demasiado breves pueden resultar insuficientes. No se trata solo de reducir síntomas, sino de reconstruir seguridad, identidad, vínculo y sentido. Esto puede llevar bastante tiempo.

Cuándo pedir ayuda profesional

Conviene pedir ayuda cuando, después de una experiencia de guerra, aparecen síntomas persistentes que interfieren con la vida diaria, el sueño, las relaciones, el trabajo, los estudios o la capacidad de cuidar de uno mismo o de otros.

También es importante consultar si existen:

  • pesadillas frecuentes.

  • flashbacks (reexperimentaciones traumáticas).

  • sensación constante de peligro.

  • ataques de ira.

  • consumo de alcohol o drogas para anestesiar el sufrimiento.

  • aislamiento intenso.

  • culpa insoportable.

  • pensamientos de muerte.

  • autolesiones.

  • síntomas disociativos.

  • incapacidad para cuidar de los hijos.

  • deterioro significativo del funcionamiento.

La guerra deja heridas profundas, pero muchas personas pueden mejorar con seguridad, apoyo, tratamiento especializado y reestableciendo vínculos reparadores. No se pude olvidar lo ocurrido, pero si ayudar a que la vida de la persona no se organice alrededor de las vivencias traumáticas.

En menteAmente contamos con profesionales de psiquiatría y psicología clínica especialistas en trauma que pueden ayudar a valorar síntomas relacionados con trauma de guerra, ansiedad, depresión, duelo, estrés postraumático y dificultades emocionales derivadas de experiencias extremas.

Preguntas frecuentes sobre las consecuencias psicológicas de la guerra

¿Todas las personas que viven una guerra desarrollan un trauma?

No. Muchas personas experimentan miedo, tristeza, insomnio o ansiedad después de una guerra sin desarrollar un trastorno mental. Sin embargo, el riesgo aumenta cuando la exposición ha sido intensa, prolongada, repetida, especialmente violenta o acompañada de pérdidas, aislamiento, desplazamiento forzado o falta de apoyo posterior.

¿Cuál es la diferencia entre estrés normal y trastorno de estrés postraumático?

Después de una experiencia extrema es normal tener miedo, recuerdos desagradables, dificultades para dormir o necesidad de hablar de lo ocurrido. Hablamos de posible trastorno por estrés postraumático cuando los síntomas son persistentes, intensos, generan deterioro en la vida diaria y mantienen a la persona atrapada en una sensación de amenaza.

¿Qué es el daño moral?

El daño moral es el sufrimiento que aparece cuando una persona siente que ha hecho, presenciado o no impedido algo contrario a sus valores profundos. No es un diagnóstico formal, pero puede acompañarse de culpa, vergüenza, pérdida de sentido, depresión, consumo de sustancias o síntomas postraumáticos.

¿Qué es la culpa del superviviente?

La culpa del superviviente aparece cuando una persona se siente culpable por haber sobrevivido, haber escapado o estar a salvo mientras otras personas han muerto o siguen en peligro. Puede afectar a combatientes, refugiados, familiares, sanitarios y supervivientes de situaciones extremas.

¿Cómo afecta la guerra a los niños?

Los niños pueden expresar el trauma mediante pesadillas, regresiones, irritabilidad, problemas escolares, miedo a separarse de sus cuidadores, síntomas físicos, bloqueo emocional o dificultades de conducta. La presencia de adultos seguros, rutinas y apoyo especializado puede ser un factor protector muy importante.

¿El trauma de guerra puede transmitirse a los hijos?

Sí, puede transmitirse a través del clima emocional familiar, los silencios, el miedo crónico, los duelos no elaborados, la desconexión emocional o los patrones de apego inseguros. Sin embargo, también puede transmitirse la reparación: vínculos seguros, relatos coherentes, apoyo social y acceso a tratamiento pueden reducir ese impacto.

¿Se puede tratar el trauma psicológico causado por una guerra?

Sí. El tratamiento depende de cada caso. Puede incluir apoyo psicosocial, estabilización, tratamiento del sueño, psicoterapia centrada en trauma, EMDR, terapia cognitivo-conductual focalizada en trauma, abordajes narrativos, intervención familiar y tratamiento psiquiátrico si hay depresión, ansiedad intensa, insomnio grave, consumo de sustancias o riesgo suicida.

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