Los planetas y las estrellas se organizan en el Universo formando galaxias y sistemas solares. Sabemos que esta agrupación de astros se debe, en buena medida, a la fuerza de la gravedad. ¿Te has preguntado alguna vez por qué las personas también nos agrupamos formando sistemas: familias, grupos de amigos, ciudades, asociaciones? ¿Cuál es la fuerza de la naturaleza que hace que las personas nos atraigamos mutuamente y nos sintamos mejor (habitualmente) cerca de otras personas?

La respuesta está en la Teoría del Apego.

El apego es un sistema biológico y psicológico que se desarrolla y consolida entre dos individuos y explica la vinculación afectiva que se produce recíprocamente entre seres humanos. Su misión es buscar y mantener proximidad con otra persona en momentos de amenaza, proporcionando seguridad, consuelo y protección.

Podría decirse que es el “sistema operativo” con el que las personas aprendemos a amar, a pedir ayuda, a confiar en otros y en nosotros mismos, a calmarnos y, en términos generales, a sobrevivir. Como todo sistema operativo, funciona en “segundo plano”. Pero, aunque no lo veamos, organiza nuestras decisiones íntimas y nos permite explorar e interactuar con nuestro entorno.

 
Teoría del apego
 

¿Qué es el apego?

El apego es el vínculo afectivo innato que el bebé establece con sus figuras de cuidado durante los primeros años de vida. No es solo una relación de cariño o una forma de dependencia en quien provee alimento y cuidado, sino un complejo sistema biológico de supervivencia.

John Bowlby, principal autor de la teoría del apego, explicó que este vínculo temprano cumple una función decisiva en el desarrollo humano. El niño no busca proximidad únicamente para sentirse querido, sino para encontrar una base segura desde la que organizar su mundo interno y explorar el externo. Dicho de otro modo: un bebé puede aventurarse a conocer el mundo no cuando no necesita a nadie, sino cuando sabe que hay alguien disponible a quien regresar.

Cuando el niño se siente amenazado por la separación, la inseguridad o el miedo, se activan conductas instintivas orientadas a recuperar la cercanía con la persona que le protege: llorar, buscar contacto, aferrarse, reclamar consuelo. Conviene hacer una precisión importante: el apego no se pone en marcha únicamente cuando aparece una amenaza o una separación. Aunque se active con especial intensidad en estas situaciones de peligro, en los momentos de calma sigue proporcionando la sensación de seguridad que permite al niño explorar su entorno.

Por eso, las conductas de apego —llorar, buscar contacto, aferrarse, reclamar cercanía o calmarse en brazos de una figura protectora— no son un signo de debilidad ni de que el niño se esté “malacostumbrando”. Al contrario, se trata de respuestas instintivas y adaptativas que forman parte del instinto de supervivencia humano y animal.

Aunque Bowlby habló inicialmente sobre todo de la relación entre el bebé y la madre, hoy sabemos que el apego se establece con la figura cuidadora principal, es decir, con quien ofrece una presencia suficientemente estable, sensible y protectora. Puede ser el padre, la abuela o una familia de acogida. Lo importante no es solo quién cuida, sino cómo cuida: con disponibilidad emocional, consistencia y capacidad para consolar.


Las funciones del apego

Para comprender por qué este vínculo afectivo es tan importante, conviene resumir las funciones principales del apego, que contribuyen al desarrollo físico, emocional y social del niño.

1. Proteger y asegurar la supervivencia

La función más básica del apego es biológica. El bebé humano nace en una situación de enorme vulnerabilidad y necesita mantener la proximidad con una figura adulta para sobrevivir.


2. Proporcionar seguridad psicológica

El apego también cumple una función emocional central: ayudar al niño a sentirse seguro. La calma que ofrece una figura disponible reduce el estrés y permite que el niño aprenda, poco a poco, a regular su malestar.


3. Regular la estimulación y el nivel de activación

Un buen vínculo de apego ayuda al bebé a no sentirse ni desbordado ni abandonado. La presencia del cuidador organiza la experiencia: calma cuando hay exceso de activación y acompaña cuando hay incertidumbre. En este sentido, el apego actúa como un primer sistema externo de regulación emocional.


4. Facilitar la exploración y el aprendizaje

Solo cuando existe una base segura, el niño puede apartarse de ella para explorar. Por eso el apego no se opone a la autonomía: la hace posible. La seguridad en las figuras de apego permite al niño curiosear, jugar, aprender y tolerar mejor la novedad.


5. Favorecer la salud física y mental

Un entorno afectivamente seguro no solo protege la mente; también influye en el cuerpo. El vínculo temprano participa en la regulación del estrés, en la organización del sistema nervioso y en la forma en que el niño afrontará las dificultades futuras.


6. Impulsar el desarrollo social

La primera relación de apego funciona como un ensayo de las relaciones posteriores. En ella el niño empieza a aprender si los demás son accesibles, si sus necesidades serán atendidas y si él mismo merece cuidado. Por eso Bowlby consideró que la relación de apego actúa como un prototipo de los vínculos futuros.


7. Asociar el vínculo con placer y bienestar

El apego no solo reduce el miedo; también genera experiencias de alivio, placer y conexión. El contacto, la mirada, la voz y la cercanía de la figura cuidadora no tienen solo una función defensiva: también construyen bienestar y hacen que la relación humana se viva como algo deseable.


En conjunto, todo esto permite entender una idea fundamental: el apego no es un detalle secundario del desarrollo, sino uno de sus grandes organizadores. En esa primera experiencia de protección y cercanía empezamos a aprender cómo calmarnos, cómo confiar, cómo separarnos sin derrumbarnos y cómo relacionarnos con los demás a lo largo de la vida.

 

Origen y evolución de la Teoría del apego

La teoría del apego ha sido desarrollada a lo largo del último siglo y medio a través de la contribución de distintos investigadores cuyas observaciones han ido contribuyendo a su comprensión. A lo largo de este artículo vamos a hacer un recorrido histórico conociendo las aportaciones que han hecho Freud, Spitz, Harlow, Lorenz, Bowlby, Tronick, Ainsworth y la oxitocina.


1. Vínculo madre - bebé (Freud)

Al oír la palabra apego, lo primero que visualizamos es a una madre amamantando a su bebé en brazos. Es posible que esta imagen que todos tenemos en la cabeza fuera responsable de que durante mucho tiempo predominara la idea de que el bebé se unía a quien le daba alimento. Sigmund Freud fue uno de los que defendió que el vínculo especial entre la madre y el bebé era un impulso secundario, derivado de la satisfacción de necesidades básicas primarias como el hambre, la sed o el dolor.

Freud concluyó que la vinculación afectiva del bebé se produce hacia quienes reducen la incomodidad y proporcionan placer. Esta explicación parece razonable: si una persona calma el malestar, el niño tenderá a buscarla. Pero con el paso de las décadas empezaron a acumularse observaciones difíciles de encajar en ese modelo. ¿Por qué algunos bebés buscan consuelo incluso cuando no tienen hambre? ¿Por qué el contacto corporal tranquiliza por sí mismo? ¿Y por qué la ausencia de una figura estable puede dejar una huella tan profunda incluso cuando las necesidades físicas están cubiertas?


2. La deprivación emocional (René Spitz)

 

Enfermedad psicogénica de la primera infancia (hospitalismo), René Spitz (1952).

 

Las observaciones de René Spitz en niños hospitalizados e institucionalizados tuvieron un enorme impacto. Las imágenes del vídeo original grabado en 1952 son tan duras que están bloqueadas para menores de edad. Su investigación demostró en niños muy pequeños institucionalizados que el cuidado físico no era suficiente para garantizar su supervivencia si el niño no recibe presencia emocional. La carencia afectiva durante el primer año de vida produce un daño que puede ser irreparable.

Spitz describió la evolución clínica de aquellos niños privados de afecto durante su primera infancia. Describió cuadros clínicos que denominó depresión anaclítica, hospitalismo y marasmo. Observó que cuando la deprivación afectiva era inferior a tres meses (depresión anaclítica), las consecuencias podían ser reversibles. Si se prolongaba más de tres meses (hospitalismo) el riesgo de irreversibilidad era mayor. Y cuando superaba los seis meses aparecía un cuadro clínico tremendo: letargia, anorexia, delgadez extrema, retraso crecimiento, inexpresividad facial, actividad limitada a movimientos bizarros con los dedos, dejan de hablar, de sentarse o de ponerse de pie. Este síndrome, conocido como marasmo, podía producir la muerte en el segundo año de vida si persistía la carencia afectiva y de apego.

La obra de Spitz ayudó a cambiar la organización de orfanatos y hospitales con un mensaje claro: la protección infantil no consiste solo en alimentar, asear y medicar; también requiere presencia, continuidad, respuesta emocional y una figura reconocible que calme, consuele y organice la experiencia del niño.

Tan importante es dotar de cuidados afectivos como de alimento a un recién nacido, ambos cuidados son necesarios para su supervivencia.


3. Los monos de Harry Harlow

 

El apego como necesidad primaria, los “monos de Harlow” (1960).

 

Los experimentos de Harry Harlow con monos rhesus marcaron un antes y un después en la concepción de si el apego es una necesidad primaria o secundaria. Según la idea dominante, si a un cachorro le ofrecían dos muñecos que hicieran de madres sustitutas, elegiría aquella que le proporcionara el alimento. Se ideó un dispositivo en el que había dos madres, una de felpa que no proporcionaba alimento y otra de alambre que sí proporcionaba alimento. En el vídeo original de finales de la década de 1950 se puede ver cómo los monos preferían pasar más tiempo con la madre de felpa (que proporciona calor al contacto) que con la madre de alambre (aunque este último era el que le proporcionaba el alimento).

Harlow demostró la importancia del contacto suave, del calor y de la sensación de refugio que la madre de felpa ofrecía. Con ello, demostraba que el apego no se explica solo por quien confiere el alimento, como había propuesto Freud, sino que la necesidad de contacto físico en los animales es también primaria.

El cachorro de mono prefería pasar más tiempo con la madre de felpa aunque no le facilitara alimento alguno. Además, ante una situación de terror (como la que se muestra en el vídeo), el mono prefería resguardarse del peligro con la madre de felpa, con quien había desarrollado el apego. Por último, tras varios meses sin contacto, al volver a ver a la madre de felpa se alegra como si hubiera vuelto a ver un familiar cercano después de mucho tiempo separados.

A pesar de que estos experimentos puedan ser éticamente reprobables por el sufrimiento animal, permitieron invalidar la idea dominante de que el apego era una necesidad secundaria y que dependía de quien proporcionaba el alimento.


4. La impronta (Konrad Lorenz)

 

La impronta, Konrad Lorenz.

 

Konrad Lorenz, padre de la etología (estudio de la conducta animal) y premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1973, describió la impronta. La impronta es el fenómeno por el que algunos animales recién nacidos (como los patitos del vídeo) siguen al primer ser vivo u objeto en movimiento que ven. Lo importante de aquella observación no es solo la anécdota de los patitos detrás del investigador, sino la idea de fondo: en ciertas especies existe una disposición biológica a establecer cercanía muy pronto, porque eso aumenta las probabilidades de supervivencia.

Aunque el mundo humano es mucho más complejo que el de las aves, esta línea de trabajo ayudó a pensar que el vínculo temprano no podía reducirse solo al alimento. La búsqueda de proximidad parecía tener valor por sí misma. Esa intuición sería decisiva más adelante para Bowlby.


5. Separación temprana con figuras de apego (John Bowlby)

 
John Bowlby, padre del apego.

Recreación por inteligencia artificial de John Bowlby en su despacho en 1940.

 

El trabajo de Bowlby no puede entenderse bien sin conocer su propia biografía. John Bowlby nació en una familia de clase alta en Londres, siendo el cuarto de seis hijos. Fue criado, junto a sus hermanos, por una niñera a la moda tradicional británica de su clase. Veía a su madre solo una hora al día, ya que en esa época en su clase social se consideraba que la atención parental era negativa para los niños. Con cuatro años, su niñera (principal cuidadora y figura de apego) se va de la familia. De adulto, Bowlby describió esta separación como si hubiera perdido a una madre. Similar a lo que le pasó a su padre, Sir Anthony Bowlby, barón y cirujano de la Casa Real, que perdió a su padre (abuelo de John) con cinco años siendo corresponsal de guerra. Después de separarse de su cuidadora, con 7 años John Bowlby fue llevado a un colegio internado, del que guarda terribles recuerdos.

Todas estas experiencias infantiles hicieron que Bowlby se interesara especialmente el sufrimiento infantil y por las consecuencias de la separación de las figuras de apego. Trabajó con menores con problemas de adaptación y con jóvenes delincuentes, vinculándolos con historias de separación temprana y graves dificultades emocionales. A partir de ahí fue desarrollando una idea que resultó revolucionaria: el apego no sería una simple consecuencia de la necesidad de alimentarse, sino una estrategia adaptativa para mantener cerca a la figura que protege.

El niño necesita una figura a la que acudir cuando se siente amenazado, cansado o desbordado. Y, precisamente, la existencia de esa base segura permite la posibilidad de explorar el mundo. Aunque pueda resultar paradójico y contraintuitivo, la dependencia inicial en la figura de apego no bloquea la autonomía, sino que la hace posible.

Fases de la separación

Bowlby describió tres fases en un proceso de separación: protesta, desesperación y desapego. Primero, el miedo a la separación hace que el niño proteste para intentar recuperar la cercanía. Si no lo consigue, cae en una especie de abatimiento o desesperación. Por último, si la ruptura se prolonga, puede parecer que deja de buscar. Ese aparente “olvido” no siempre significa que esté bien y que no necesite una figura de apego, sino que puede ser una forma de anestesia para adaptarse al dolor.

6. “The Still Face” (Edward Tronick)

 

“The Still Face Experiment”, Edward Tronick.

 

Los bebés recién nacidos responden a los estímulos emocionales y a la interacción social de su entorno. En este vídeo, Edward Tronick, pide a la madre del bebé que durante unos instantes (que se nos hacen eternos) interrumpa la interacción emocional con su bebé, no respondiendo a sus demandas y manteniendo un rostro inexpresivo. Ante este cambio brusco, el bebé que había estado sincronizándose maravillosamente con su madre, hace todo lo posible por recuperar el contacto con ella: le busca con la mirada, vocaliza, busca su complicidad, protesta y llora. Según persiste la desconexión emocional, se perciben señales crecientes de estrés y de disregulación emocional en el bebé.

Este experimento demuestra cómo los vínculos se construyen cuando hay sintonía entre las dos personas. Además, cuando el vínculo se rompe momentáneamente, este se puede reparar.

La lección es muy poderosa para cualquier padre, madre o cuidador: el apego no se construye solo en los grandes momentos, sino en cientos de microinteracciones diarias. Miradas, turnos, respuesta a las señales, reparación después de una pequeña ruptura. No hace falta una perfección imposible; hace falta una disponibilidad suficientemente buena y una capacidad de volver a conectar.

7. Situación del extraño (Mary Ainsworth, 1978)

 

Test del extraño, Mary Ainsworth.

 

Si Bowlby formuló el marco teórico del apego, Mary Ainsworth ayudó a observar cómo se expresaba en la vida real. Sus estudios domiciliarios y, más tarde, el test de la situación extraña permitieron clasificar distintos patrones de apego a partir de algo muy concreto: qué hace el niño cuando explora, cuando se separa y cuando se reencuentra con su cuidador.

La lógica del procedimiento es brillante por su sencillez. En un entorno nuevo (una habitación con juguetes), una separación breve y un reencuentro con el cuidador principal activa el sistema de apego del niño. Este Test del extraño permite ver si el niño usa al adulto como base segura o no. Cuando un niño tiene una base segura cerca o confía en que volverá pronto, puede explorar su entorno y conocer mejor el mundo. En los adultos, sucede lo mismo: las relaciones seguras proporcionan estabilidad y bienestar.

La observación de múltiples interacciones entre las madres y sus hijos, permitió a Ainsworth hacer una clasificación provisional de los distintos tipos de apego, describiendo un patrón de apego seguro y dos patrones inseguros (evitativo y ambivalente).

8. Neurobiología del apego: oxitocina y regulación del estrés

El apego no es un proceso unidireccional en el que solo el bebé busca protección, sino que implica una comunicación recíproca. En la etapa del lactante, el contacto madre-bebé no solo calma y organiza al niño, también produce cambios en la figura de la madre. En este proceso, la oxitocina (OXT) desempeña un papel central.

La oxitocina es una hormona sintetizada en el hipotálamo y liberada a la circulación por la hipófisis posterior. Su secreción aumenta con estímulos físicos y sociales como la succión del pezón, las caricias, el contacto corporal, el olor del bebé, su vocalización y el contacto visual.

En la madre, la oxitocina actúa tanto en el cuerpo como en el cerebro. En el cuerpo participa sobre todo en dos funciones: facilitar las contracciones del parto y favorecer la eyección de la leche durante la lactancia. Mientras que, en el cerebro, contribuye al inicio de la conducta maternal, refuerza la conducta de apego, favorece el contacto visual, la cognición social y la confianza, y además ayuda a reducir el estrés y la ansiedad social.

El apego no puede entenderse solo en términos psicológicos. Es también un fenómeno biológico en el que participan el tacto, la mirada, la voz y otros canales sensoriales, junto con el sistema neuroendocrino y distintos circuitos cerebrales implicados en la regulación emocional y el vínculo. Esto ayuda a explicar por qué las relaciones no solo tienen un valor afectivo, sino también una función reguladora sobre el estrés y la sensación de seguridad.

Conclusión

Comprender la Teoría del apego permite entender que muchos de nuestros patrones relacionales no aparecen de forma espontánea, sino que se construyen muy temprano en la interacción con las figuras de cuidado. La manera en que buscamos cercanía, reaccionamos ante la separación, regulamos el malestar o interpretamos la disponibilidad del otro suele estar profundamente influida por experiencias tempranas con nuestros cuidadores.

Gracias a las aportaciones de los autores que hemos revisado —y de muchos otros que no hemos podido incluir aquí—, a lo largo del último siglo hemos comprendido mejor hasta qué punto el apego influye en la supervivencia, en el desarrollo emocional y en nuestra forma de estar en el mundo.

La teoría del apego no solo sirve para comprender la infancia, sino también para leer con más claridad muchas dificultades relacionales de la vida adulta y para pensar de forma más precisa qué necesitan los niños para desarrollarse en condiciones de mayor seguridad emocional. Por ejemplo, sabemos que la separación temprana de las figuras de apego o la ausencia de estas, dejan una huella que puede ser permanente, difícil de reparar pero no imposible (tenemos el ejemplo del propio Bowlby).

Conocer la teoría del apego no debe llevar a una lectura determinista. Los estilos de apego influyen de forma importante en la vida adulta, pero no son categorías cerradas ni destinos inmodificables, sino patrones que pueden flexibilizarse a lo largo del tiempo. Los vínculos consistentes, la terapia psicológica y las relaciones en las que existe reparación tras la ruptura pueden contribuir a ese cambio.

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