El potencial terapéutico de las sustancias psicodélicas

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Los alucinógenos o sustancias psicodélicas han sido empleados por el ser humano durante por los menos cinco mil años. En 1943, Albert Hoffman, sintetizó y descubrió por casualidad los efectos alucinógenos del LSD mientras estudiaba los alcaloides producidos por el cornezuelo del centeno. Después, en 1957, el mismo químico suizo aisló la psilocibina de unas setas alucinógenas. Estos descubrimientos llevaron a la publicación de más de 1000 estudios entre 1950 y 1970, que intentaban demostrar la eficacia de estas sustancias en el tratamiento de los trastornos mentales aunque con poco éxito porque eran estudios pequeños y mal diseñados. Posteriormente, el uso de estos alucinógenos se vetó y no ha vuelto a haber publicaciones científicas de su potencial terapéutico hasta los últimos 15 años.

En los años 70 se extendió el empleo de la terapia psicodélica, que consistía en administrar una dosis suficientemente importante como para producir una “experiencia mística” en una persona mientras estaba recibiendo una sesión de psicoterapia psicoanalítica. Hoy en día, sabemos que esta “experiencia mística” tiene un correlato bioquímico en el cerebro: se ha observado una disminución de la conectividad cerebral en la red neuronal por defecto, seguido por el establecimiento de nuevas conexiones. Este cambio neuronal acompañado de una psicoterapia podría ayudar a mejorar algunos trastornos psiquiátricos. Es importante entender que este efecto se produce tras la administración de menos de tres dosis de alucinógeno y, en todo caso, supervisado por un experto y en un contexto psicoterapéutico.

En los últimos años, estas sustancias alucinógenas se han vuelto a emplear como complemento de la psicoterapia convencional, administrando en dos o tres sesiones de psicoterapia una dosis controlada. En un estudio (Carhart-Harris, 2016) en pacientes con depresión el que se administraron dos dosis de psilocibina para potenciar la psicoterapia y se encontraron resultados sorprendentes en la primera semana que se mantuvieron durante por lo menos tres meses, aunque no hubo grupo control. En otro estudio (Ross, 2016) en pacientes con ansiedad y depresión con cáncer, controlado con niacina en combinación con psicoterapia, se observó una mejoría espectacular con una sola administración de psilocibina en combinación con psicoterapia. En un tercer estudio (Johnson, 2017) en el que se empléo psilocibina asociada a psicoterapia para el abandono del hábito tabáquico, se administraron 2-3 dosis con terapia cognitivo conductual y se consiguió que a los seis meses del tratamiento el 80 % de los participantes fueran exfumadores. Otro estudio también demostró que una única administración de psilocibina acompañada de psicoterapia podía ayudar a las personas con un trastorno por consumo de alcohol a reducir o a abandonar el consumo de alcohol. En un último estudio (Gaser, 2014), se administró psilocibina junto con psicoterapia a personas que sufrían una enfermedad grave y estaban ansiosas por el miedo a morir; también logró reducir la ansiedad con solo dos administraciones y dicha mejoría se mantuvo durante más de doce meses.

Recordamos que estos resultados presentados todavía deben considerarse con precaución porque son estudios pequeños cuyos resultados deben ser contrastados con estudios mayores. Pero, aun así, resulta sorprendente que dosis aisladas (una a tres dosis) administradas a pacientes que están recibiendo un tratamiento psicoterapéutico convencional puedan producir efectos tan significativos. Es muy probable que si estas sustancias se administran sin el apoyo de un psicoterapeuta y sin supervisión médica, el resultado sea muy distinto, y aparezcan lo que se conoce como un “mal viaje”.